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domenica 14 luglio 2019

COMO THELMA Y LOUISE (Vers. Esp.)



 — ¿Te acuerdas de la peli Thelma y Louise?
  Eva, mientras habla, mira la línea ondulada que separa el agua del cielo, con una mano apoyada en la frente para protegerse del reflejo del mar. La luz del sol sobre las olas lo cubre de diamantes cegadores. Con la otra mano se sujeta el velo detrás de la nuca, el viento se lo pega a la cara, lo hace volar sobre su cabeza, se lo ciñe alrededor del cuello.
  —¿La película de la rubia y la pelirroja? ¿las que se escapan en coche? —pregunta Ana.
  —Sí, sí, esa misma.
  Ana está sentada en el borde del patín de pedales con la mano dentro del agua. Hay medusas alrededor de la barca, pero no le dan miedo. Las especies que nadan cerca de aquellas orillas no hacen ningún daño. Ana mueve los dedos debajo de las ondas, dibujando círculos. Respira profundamente el aire salado y se vuelve hacia su amiga.
  —La vi hace mucho tiempo. Casi no me acuerdo.
  —Escapan de sus hombres, como nosotras. Un día se rebelan y huyen. Quieren ser libres y fuertes, no quieren aguantar más, ¿sabes? —Eva habla sin resuello. Han pedaleado durante más de una hora, con el sol y las prisas incendiándoles los hombros blancos, hasta que la playa se les ha antojado suficientemente lejana, apenas una rayita oscura tras ellas. —Quítame las horquillas, Ana, por favor.
  Se sienta en el espacio vacío detrás del asiento, de espaldas a su amiga. Mientras conversan, Ana le desgrana uno a uno los pasadores de alambre que sujetan el velo al complejo peinado.
  —Se escapan porque se han cansado de ser el sexo débil, de obedecer —sigue diciendo Eva.
  —¿Quieres que te lo quite todo?
  —Quita, quita. Me duele la cabeza de tener los rizos aplastados. —Cuando apoya los dedos detrás de las orejas para frotarse la piel se da cuenta de que ha perdido los pendientes de su abuela, la única herencia material de aquella mujer dura y especial—. ¿Me estas oyendo lo que te digo? Les pasan cosas y tienen que huir de la policía porque saben que, como son mujeres, llevan todas las de perder y nadie las creería nunca, nadie pensaría que no se lo han buscado. De todas formas el jefe de la policía lo sabe y las quiere ayudar, pero ellas siguen escapando y escapando causando más desastres durante el viaje. 
  Ha hablado sin parar, como si estuviera dentro de la película.
  Entretanto Ana, con sus dedos finos y pacientes, ha logrado liberarla de las decenas de horquillas plateadas que va apoyando a su lado sobre el suelo blanco de la barca de plástico. Le quita el velo con cuidado. Es una tela de dos metros, en la iglesia cubría toda la espalda de la esposa, deslizándose sobre la falda y serpenteando sobre el frío suelo de mármol.
  Los invitados habían admirado el tul delicado, finamente bordado de pequeñas flores. Seguro que todo había costado una fortuna, aquel vestido y la absurda fiesta. Aun así, Eva no le había parecido nunca tan guapa. Pero ahora el velo estaba mojado y sucio, después de la carrera por la playa, después de haber empujado sobre la arena el hidropedal hasta el agua, subiéndose rápidamente con los vestidos arremangados y dando ridículos saltos. Ana sonríe recordándolo, dobla el velo varias veces con cuidado y se sienta encima para evitar que salga volando. 
  Luego coge la trenza de Eva entre las manos y la acaricia con los pulgares. Está cubierta de minúsculas rosas blancas.
  —¿Que hago con estas flores? —pregunta, empezando a quitarlas una a una.
  —Dámelas, Anita. —Sin darse la vuelta abre la mano derecha con la palma hacia arriba. Quedan todavía restos de sangre debajo de las uñas y entre los dedos. Al fin y al cabo, se le habían manchado poco.
  Mientras las rosas caen, los rizos saltan fuera de la trenza como pequeños muelles enloquecidos. La brisa los hace girar y anudarse entre ellos. Buscan el rostro de Eva, mezclándose con la arena y la sal de la piel, la acarician como látigos ligeros.
  —¿Tú sabes lo que les empuja a seguir con su fuga? ¿por qué tienen menos miedo de seguir adelante?.
  —¿Por qué? —Ana le pasa a su amiga las florecillas, una a una. Es una gestualidad que la relaja, quitarle los adornos de la cabeza sentada sobre el balanceo de las olas. Recibe en su cara como un regalo la melena alborotada de Eva, los cabellos entre los labios. Advierte todavía el perfume del champú a pesar de las carreras y el tiempo que han estado sentadas en el patín lejos de la costa.
  Eva se levanta para responder. Tiene el pelo completamente desordenado. El viento le descompone el escaso tocado que le queda, la melena azota su cabeza una y otra vez haciendo volteretas. Mientras lanza con parsimonia las rosas al mar, una a una, dice:
  —Porque finalmente son ellas mismas. Porque han catado la libertad. Porque han descubierto que son fuertes y capaces de hacer suceder cosas. Han degustado el placer sin remordimientos. Las ganas de hacer por hacer. Descubren que no hay que dar explicaciones a nadie por cada cosa. Son libres, ¿sabes Ana?, libres. Cuando se prueban ciertas cosas es dificilísimo volver atrás. 
  El vestido vibra contra su cuerpo, siente cómo le arden las mejillas y la garganta, le escuecen los ojos. No sabe si por la sal del aire o la de las lágrimas. Para alejar las ideas lúgubres y los recientes recuerdos de esa mañana, empieza a reír fuerte, sobre el murmullo del mar calmo, sobre el fragor de las gaviotas y el poniente. Ríe y arroja hacia arriba las pequeñas rosas que quedan en su mano. El viento se lleva lejos la mayoría, pero otras caen en torno a las chicas, una cuantas en el suelo y unas pocas en el mar. Flotan alrededor de la barca como migas de pan. 
  Ana las mira fijamente, se deja hipnotizar con el mentón apoyado en las manos. Un pececillo se acerca e intenta tragar alguna flor, escupiéndola enseguida. Estalla en carcajadas, con una hilaridad histérica, como su amiga. Pero Ana, las ideas lúgubres, sabe ya desde hace tiempo como mantenerlas alejadas. 
 —¿Y si nos damos un baño? —propone mientras se baja los tirantes del vestido rosa. 
  ¿A quién le importa que se vea la braga enorme que ha tenido que ponerse debajo de aquel ridículo vestido para disimular la cintura? Allí no hay nadie. Ningún idiota puede ver su piel blanca y carnosa. Solo Eva, la única que, cuando la oye gimotear, dice todas las veces “¿Pero qué gilipolleces se te ocurren?”. 
  Se desnuda rápidamente y salta dentro del agua tibia de septiembre.  
Nada en círculos, sin alejarse, y cuando llega delante de su amiga mueve con fuerza las piernas logrando mojar apenas el dobladillo de la larga falda blanca.
    Eva se quita los zapatos de raso y los despide lo más lejos que le permiten sus brazos fuertes.
Las sandalias vuelan sobre las olas cayendo algunos metros más allá con un golpe sordo contra la superficie del agua y sin salpicar. Pone los brazos en jarras y respira profundamente. El sol le ha quemado los hombros y, a pesar de la brisa, siente el cuerpo incandescente. 
  —Ana, ¿tú sabías lo de tu marido? —dice mientras se quita las medias.
  —¿El qué? ¿Lo de las prostitutas? Sí, me lo había dicho él. Venga, tírate, ¡el agua está estupenda!
  Eva se mueve dentro del vestido de novia intentando girarlo hasta que el cierre posterior aparece entre sus manos. Manipula despacio los pequeños botones maldiciendo las uñas largas. Se mira los restos de sangre y los pequeños arañazos en los nudillos y se pregunta si quedarán trocitos de piel debajo de su bonita manicura. 
  —Tú no has hecho nada — le dice a Ana.— ¿Y tu madre?
  —Mi madre dice que es mi marido y que me tengo que aguantar. Me ha visto el ojo negro más de una vez y no me ha dicho nunca nada. Además, faltaba poco para tu boda, Eva, he tenido que portarme bien. ¡Por lo menos la cara se tenía que salvar! Si no, menuda vergüenza, la madrina delante del cura con la bolsa de hielo en la cara diciendo “No se preocupe, padre, que aquí estamos en la 
prosperidad y en la adversidad, todos los días de nuestra vida” —dice Ana con voz ridícula tomándose el pelo a sí misma—.
  Engulle agua salada durante sus pantomimas hasta que todo acaba con un ataque de tos. Mientras se sujeta al borde de la barca revela a su amiga una cicatriz en el hombro, una de las pocas que Eva no ha visto nunca. Está formada por pequeñas quemaduras, redondas y rosadas. Ana sonríe con gracia, luminosa como siempre, antes de zambullirse de nuevo dentro del espejo de agua. 
  Eva abre la boca para decir algo pero la cierra enseguida. Su amiga consigue reírse hasta de la vida de mierda que tiene. Recién casada y esperando que su marido violento la deje embarazada. Con un trabajo que le gusta pero que tendrá que abandonar antes o después. Aterrorizada porque se acerca el momento en el que estará obligada a quedarse en casa, en su prisión, con un niño del que no quiere saber nada, con un niño que es mejor que no llegue nunca.
  Eva logra abrir todos los botones y se quita el vestido. Al principio siente frío, después alivio. Todos los poros de la piel, en ese momento, respiran con avidez. Coge el velo, se lo ata alrededor de las caderas y empieza a bailar lentamente, balanceándose al ritmo del mar. 
  —¡Esta es la hora del vals, Anita! ¡La hora de la tarta! ¿No oyes los aplausos?.
  Ana le saca la lengua y vuelve a subir a la barca. Tiene la piel de gallina y se seca con su mismo vestido. Sonríe, imaginando la multitud de invitados, la familia, los primos terceros y cuartos, los amigos de los padres, todos borrachos bailando alrededor de una esperpéntica tarta rebosante de nata y fresas.
  —¿Sabes por qué se largan Thelma y Louise? Porque son infelices —murmura Eva mirando la costa. Es una línea suavemente montuosa y gris. La playa no se aprecia tras la bruma.— ¿Sabes que para reconocer que eres infeliz hay que ser muy valiente? No todo el mundo puede mirarse al espejo y decirse la verdad.  Se sientan sobre las tumbonas del patín y cierran los ojos. La barca está ya muy lejos de la tierra firme. El atardecer pinta el cielo y el mar de rojo, no hay una sola nube sobre sus cabezas.
  —Evita, yo me lo he dicho muchas veces. A lo mejor no delante del espejo. Pero me lo he dicho. Y a ti también te lo he dicho.
  —Porque tú eres valiente, Ana. Por eso eres mi mejor amiga. Tú eres mi Thelma.
  —No te pases. A nosotras nos falta el coche.
  —Tenemos esto, que es mejor —dice Eva indicando su medio de transporte—, y nos lleva más lejos.
  —Ellas tenían pistola.
  —Nosotras no, vaya… —Eva hace una mueca, aprieta los labios. Sí, vaya. Pero la verdad es que, en algunas ocasiones, había sido mejor no tener una pistola en casa. Y de todas formas, al final, no la ha necesitado. Con unas pastillas y sus manos fuertes de operaria ha sido más que suficiente.  
  Se levanta suspirando, nunca ha conseguido estar sentada demasiado tiempo. Se da cuenta de que hay una gaviota apoyada sobre la palanca del timón. Es la primera vez que ve una tan cerca. Es más grande de lo que creía. El gran pico anaranjado y las patas palmeadas la horripilan. Sacude con fuerza los vestidos para asustarla hasta que el animal alza el vuelo con un graznido desagradable. Eva, que todavía está impresionada, sigue moviendo los brazos como si volara sobre ella un enjambre de avispas.
  —¡Te pareces a los de Locomía! —dice Ana riéndose a carcajadas imitando con las manos los enormes abanicos del grupo ochentero. 
  Eva se para en seco oyendo su voz. Ama el sonido de su risa, los hoyuelos que se forman en esas mejillas pálidas, la nariz cubierta de pecas minúsculas. Los ojos verdes de Ana parecen pequeños cuando son engullidos por los pliegues de su sonrisa. Sabe que su madre la había llamado así por la 
Karenina. Le parecía, cuando nació, una cosa romántica. Los rusos, los ricos, las historias de amor. Pero Eva está segura de que no había leído la novela antes de elegir su nombre. 
Sonríe y golpea con los pies el suelo de la barca con un ritmo cualquiera, moviendo los brazos y la melena, haciendo danzar los rizos largos y oscuros mientras canta a voz en grito, sacudiendo el velo por encima de sus cabezas.
  —¡...Disco Ibiza loco mía, Moda Ibiza loco mía, Loco Ibiza loco mía, Sexo Ibiza loco mía…! 
  Ana la imita y dan comienzo a un concierto disparatado sobre el patín, en mar abierto. Sólo ellas y los peces, el reflejo de la barca, los grotescos volátiles sobre sus cabezas.
  Bailan hasta caer exhaustas, afónicas y acaloradas. Se desploman sobre los asientos con las manos entrelazadas, la mano izquierda de Eva, manchada de culpa y sangre, con la mano derecha de Ana, manchada de cicatrices y dolor. En pocos minutos se adormilan acunadas por el mar.

  Duermen navegando a merced de la corriente durante más de una hora. El sol se está poniendo, descansa perezoso sobre el agua. Pueden verse ya las primeras estrellas tras la tierra firme. La línea del horizonte se pinta de malva y alrededor de las chicas se extiende una interminable piscina de plata. 
  —Anita, despierta, mira que bonito.
  Ana se levanta de golpe y tarda unos segundos en situarse, se frota los ojos y enfoca la mirada ante ellas.
  —¡Que maravilla! Mira que colores. En el pueblo ni nos imaginamos un atardecer como éste. Has hecho bien en casarte cerca del mar, Eva.
  —Yo quería respirar, Ana, quería mirar hacia atrás y saber que no había nada detrás de mí, solo la arena de la playa. Poder mirar lejos y no ver el final. Quería sonidos así, como el de las olas.
   —Tu querías espacio para escapar, dí la verdad. —Otra carcajada luminosa—. Venga, pásame el fular, que tengo la piel de gallina.
  —Nos podemos tapar con los vestidos. —Eva coge la pequeña montaña de tejidos separándolos en dos pequeños montículos iguales que usan para cubrirse la espalda.
  La brisa salada les irrita las mejillas ya quemadas.Tienen sed y se enjuagan la boca con el agua del mar, escupiéndola. Pueden resistir un poco más, pero ha sido un día con demasiado sol y demasiado viento. 
  —Eva, ¿y ahora qué hacemos?
  —¿Qué quieres hacer? ¿Quieres volver? ¿Tienes miedo?
  —Contigo no. Hago lo que tu hagas —dice segura.
  Eva gira la cabeza hacia su amiga y entorna los ojos formando dos rayitas belicosas.
  —¿Sabes lo que me ha dicho ese miserable mientras salíamos de la iglesia juntos?
  —Si tu padre estuviera vivo con ese no te habrías casado. — Ana acerca su cara a la de Eva. Habla y su aliento húmedo y triste acompaña las palabras muy despacio—. Habría ido a buscarlo con el fusil.
  Eva se imagina a su padre, que le maldice el novio, blasfemando por debajo de su bigote gris. Se lo imagina, como si lo tuviera delante, que la felicita por su valentía y sus muñecas amoratadas cuando la ve salir de la habitación del hotel. Que le dice que ha hecho lo que debía y que sólo tiene que echar a correr.
  —No. Seguro que no me casaba. Qué estupidez escuchar a los demás. Tenía que haberme hecho caso a mí misma. Y a ti. —Eva prende la cara de Ana entre sus manos y dice con los dientes apretados —¿Te acuerdas de Thelma y Louise? Qué libertad cuando se deshacen de sus vidas de antes... Qué libertad degustar emociones de verdad porque ya no te interesan las consecuencias...
   —A la mierda tú y tu libertad, Evita —Ana escupe cada letra—. Pero yo te envidio, ¿sabes? Porque no te importa una mierda de lo que pueda pasar. A mí me da miedo que deje de importarme. 
  Eva se balancea con la barca, está meciendo dentro de sí las imágenes de aquella mañana antes de dejarlas salir de sus labios.
  —¿Sabes lo que me ha dicho el cabrón? Me tenía cogida de la mano, me sonreía, se acababa de casar conmigo delante de Dios y ¿sabes lo que me ha dicho? Ahora eres solo mía. Así, tal cual, con esa mirada de bellaco de cuando quiere pegarme y yo le digo que si me pega otra vez me voy de casa —. Eva se mira las manos por milésima vez. Si pudiera, se miraría sus mismos ojos, para ver qué tipo de huella deja la muerte, para descubrir en sus pupilas lo que queda de Eva después de aquel día.— Me ha llevado a la habitación del hotel después del aperitivo. Decía que quería hablar conmigo y explicarse mejor antes del convite. Cuando hemos entrado se encontraba ya mal. ¿Te acuerdas de su petaca? Anoche la tenía ya en la chaqueta bien llena para hoy. Antes de salir ayer para ir a casa de mi madre a dormir se la terminé de preparar yo a mi manera… 
  Ana la escucha sin decir nada porque no hay nada que decir. Eva había tenido solo que mirarla en el restaurante y antes de que estuviesen todos sentados ellas corrían por la playa.
  —No estaba dormido del todo, solo atontado. He cogido el cenicero y le he pegado en la cara.— Se ve a ella misma escapando por su casa casi todas las noches, escondiéndose detrás de las puertas y dentro de los armarios. No está arrepentida. Se siente sorprendentemente ligera. —Como no estaba segura de lo que podía pasar le he apretado el cuello. Solo que el cuello no es tan blando como parece en las películas. Ha tardado más de la cuenta en dejar de arañarme las manos.
  Sonriendo, aprieta los dedos en las mejillas de su amiga. El cuento ha terminado. El viento le seca el sudor de la frente y se lleva la turbia moraleja.  
  —¿Te acuerdas de Thelma y Louise? No vuelven atrás, Ana.
  —Pues nosotras tampoco.
  —Pues nosotras tampoco.
  —¿Y entonces qué pasa, Evita? Nos buscarán.
  —No por aquí.
  Ana se lo piensa muy poco. Tiene sólo una duda, que es también su único miedo.
  —Moriremos de sed. ¡Será una muerte demasiado lenta!
  Eva se palpa el corpiño de raso, controlando que esté seco. Ningún chapuzón de propósito.
  —He traído una cosa. La tenía escondida en el sujetador. Son las de mi madre.    Las que cogí ayer para meterlas en la petaca de Manuel. Está la caja casi entera—. Saca varios envases planos de aluminio llenos de pequeños comprimidos rosados y se los muestra a su amiga. —Me lo llevé todo por si acaso. Nunca se sabe. Menudo fiestorro de bodas, ¿verdad?
  Suspira, percibiendo una sensación entre la tristeza y el alivio. Sabe que todo va a terminar así, sobre aquella embarcación de plástico. 
  Ana levanta las cejas, arruga la nariz, se encoge confiada en su fular de tela barata que le pica en la piel.
  —¿Que dices? ¿habrá bastantes para las dos?
  —Será más que suficiente.
  Se dividen las pastillas, contando meticulosas. Mastican en silencio, con las bocas torcidas por el sabor amargo que estalla entre los dientes, sentadas en la parte posterior de la barca. Cuando acaban las píldoras se desnudan completamente y se lanzan al agua. Se buscan las propias piernas con la mirada, queda poca luz, pero el mar es transparente. Se ve cada dedo de los pies y el vacío debajo de ellos.
  —Qué mar estupendo tenemos —dice Eva. Sus manos se lavan sin querer, ve nítidamente cómo se despegan las líneas de sangre seca por debajo del agua —. Quién sabe si habría podido venir de vacaciones y traer a mis hijos.  —Yo no he venido nunca, Evita. Y sin embargo vivimos muy cerca…
  Se suben a la barca con tranquilidad, sólo cuando ya están cansadas de nadar. Con un vislumbre de pudor deciden vestirse, luego se peinan la una a la otra con los dedos. Eva se hace una coleta y la sujeta con el velo. 
No quieren ser dos cadáveres cubiertos únicamente con una liga y quemados por el sol, sino un descubrimiento romántico digno de una Karenina. Al cabo de un rato se sientan en la proa, incapaces de mantenerse de pie. 
Las chicas lo saben, desde aquel día o quizás desde siempre. Lo sabían ya mientras se cepillaban el pelo aquella mañana y saludaban para siempre sus reflejos en el espejo. La felicidad y la fortuna no es cosa para ellas. Lo saben desde siempre, que se puede elegir entre la vida turbia que te toca por azar o la revolución. Pero ellas no son suficientemente fuertes para ese tipo de motín. Así que han decidido que ha llegado su día, el que llega antes o después para muchas otras. El día de la protesta, de la venganza, de la redención. Su pequeña y particular declaración de rebeldía que, como todo, como han hecho siempre, desafían juntas.
  —¿Me das la mano como en la película?
  Entrelazan las manos y, como en la película, se besan en los labios. Aquí no se sienten ridículas, en medio de la nada, vestidas de fiesta y con las mejillas cocidas por el sol y la sal.
  —Pedaleemos un poco más mar adentro, Eva.
  —Todo derecho, Ana, hasta que estemos despiertas. Como Thelma y Louise.   



venerdì 17 agosto 2018

LA TORRE

  

En Radiatorsprings se está construyendo una torre que se convertirá en castillo que se convertirá en una casa en el árbol.
  Sin contar el primer cuarto de hora de montaje de la plataforma, donde todas las manos y todos los brazos y todas las fuerzas apenas han bastado, ha sido la idea genial de este año de los tíos R&N.
  La Torre será un lugar maravilloso para siempre donde jugar y pelearse, un lugar donde cultivar la 'primohermandad' veraniega durante los años venideros.
Han surgido ya las primeras discusiones sobre cómo amueblarlo, cómo utilizarlo, sobre las prioridades y usufructo según el grado de jerarquía, susurrando futuros actos vandálicos para conquistar el castillo.
  La Torre tendrá una escalera ancha y una bandera, un himno y reglas precisas para un uso sin peligros.
Un día tendrá muros sólidos y en sus alturas una tabla y una red para subir al árbol.
  Pero por ahora se juega sobre la osamenta de madera de aquello que será, se sube y se otea lejos, entre las ramas frondosas donde se engarza la torre. Por ahora el armazón se rellena sólo de imágenes y se sueña ya la fortaleza en la que se convertirá. Porque es tan fácil, cuando se es pequeño y se vive en Radiatorsprigns, ver aquello que no se puede ver y moverse entre lo que no existe todavía. Cuando se tiene la suerte, junto a quien se quiere, de poder dejar para siempre las huellas en los cimientos.

venerdì 22 giugno 2018

OLIVIA 24/3/18



Tu no lo sabes aún, pequeña Olivia, pero los recién nacidos son el Año Cero, el boton reset, la levadura madre. Son la curva que no te esperas, el cuaderno en blanco. Eres demasiado menuda para saber que cuando nace un niño todo se para y se borra y se comienza de nuevo. Que cuando nace un niño se hacen las paces con el mundo, con los demás, con nostros mismos. Eres el principio y el final feliz, la protagonista de todas las historias. Tienes el poder de la creación, abriendo los ojos has hecho nacer un padre y una madre.
No lo sabes todavía, pero te esperan una bandada de primos de todos los grados, tu casa y tu cuna nueva. Te esperan días de brazo en brazo y una enorme familia y no habrá boca que no diga tu nombre con arrebato. Te esperan tus perros, los manguitos de la piscina y la antologia completa del Señor de los Anillos, de la que no podrás escapar. Te esperan las tardes al sol, la ermita de la Sierra y el Coto Tobarrillas. Las brasas para el cordero y el chocolate escondido en la mano de la abuela.
Pequeña Olivia, tu no has venido al mundo, es el mundo que se acerca a ti para darte un beso en la frente, de puntillas y en silencio, para que no te despiertes.




venerdì 1 luglio 2016

Somos (2-7-2005)




Casi nunca hablo de ti.
Es más difícil contigo que con ellos, que son mi piel, son yo misma vestidos de minúsculas personas.
Ellos, que ya existían mucho antes de que los pensara.
Tú no.
Tú has entrado sin permiso, sin pasaporte, en son de paz pero armado de palabras, invadiendo mis fronteras y ocupando mi corazón.
Me has arropado con pedazos de ti y con los bolsillos llenos de recortes de tu pasado mezclados a los mios, un día viniste para llevarme lejos y ser lo que somos.

                                                                                   



 Somos la guerra desde el principio y la paz sin tregua,
somos un armario de tela y una cama pequeña,
somos un anillo de flores que era para siempre,
somos menos de los que habríamos querido.
Somos el espacio que abunda y que se regala,
los planes absurdos y los proyectos extraordinarios,
somos las decisiones que nos desnudan.
Somos los galeotes de un barco que naufraga
Y los marineros que lo salvan atravesando la tormenta.
Somos las cosas que sabemos sin haberlo querido,
somos los viejos amigos y también los nuevos.
Somos el llanto y la risa,  
el remordimiento a veces y una razonable añoranza.  
Somos las cosas que nos hemos dicho
sentados en una roca al borde del lago,
o masticando kilómetros por la carretera.
Somos el teléfono que silencioso es desquite,
somos una copa de vino,
y el bisbiseo que atraviesa la oscuridad esquivando pequeños durmientes,
somos los labios que no se mueven porque se han entendido los ojos.
Somos los años que vuelan veloces,
los zapatos amontonados detrás de la puerta,
los vestidos de colores, las palabras derramadas,
las camas deshechas, los momentos fugitivos,
las premura, el cansancio, las largas noches,
los abrazos que no fueron y los besos olvidados,
los demasiados cafés, el sol en el patio,
el amor que ha decidido quedarse.
Después de tanto tiempo y sin embargo tan poco,
nosotros somos Casa.




lunedì 16 maggio 2016

Las lágrimas nacen lejos

foto Susanita (Valentina Fontanella)

 Las lágrimas nacen lejos. Vienen desde un lugar que no son los ojos. A través de tristezas y alegrías que no conocemos y que van llegando despacito. A veces las trae el viento, a veces personas. Sucede también que las llamemos nosotros sin querer. O queriendo.

Las lágrimas empiezan su viaje sin maletas. No vienen en tren, ni en avión. Existe un canal especial en el aire, de puentes invisibles, que las conducen hasta nosotros. Viajan vestidas de gotitas minúsculas, como el vapor, y en la barriga llevan un granito caleidoscópico de sal. Pero, aunque sean saladas, a veces nos saben dulces o amargas, porque dentro de nosostros se aderezan de condimentos.

Hay lágrimas de azafrán, las que se lloran entre plato y plato por una noticia recibida mientras estamos rodeados de gente. O lágrimas de harina, que son suaves y se apelmazan dejando surcos blancos en la cara, llorando con abnegada paciencia durante una espera, de horas o días, sentados en una cocina. Hay lágrimas de azúcar, que son las mejores. Caen directamente en la boca porque la sonrisa que las acompaña es tan grande que las recoge todas una a una. También existen las lágrimas afrutadas, que son las que se secan con los besos y nos dejan los labios melosos y con sabores.

A veces nos invaden las lágrimas de limón, que escuecen en la garganta mientras se acercan, luego en los ojos y en la piel de la cara. Nos las traen los que se van para siempre y, como con las buenas limonadas, se nos queda el gusto dulzón en la lengua y la sensación de estar todavía sedientos.

Cuando las lágrimas llegan por el aire se cuelan derechas en el ombligo. Con una voltereta se salazonan, se mezclan con los sentimientos viscerales y los impulsos disparatados. Quien gusta de llorar mucho las reboza con pimienta y las aguanta un poco más para que se cuezan con un puchero en el semblante. Por eso queman tanto, bien sabrositas, en la boca del estómago. “Tengo un nudo ahí” decimos siempre, sintiéndolas camino arriba cargadas de fuego.
 

Una vez aliñadas van al corazón, a ponerse un vestido. Sólo entonces las reconocemos, les damos un nombre y un apellido, les atribuimos un rostro y un recuerdo. En el corazón es donde las lágrimas comienzan a doler o a reir, depende.

Solo hay una puerta para las l
ágrimas, los ojos. Hay quien deja brotar una, concentrada. Que si la miras bien es del color del arcoiris, cargada de sobrecogedores mejunjes sentimentales. Hay quien vierte ríos y cascadas, tan diluidas y transparentes que no saben a nada. Pero quien no llora nunca no sofoca sus tristezas ni enciende sus dichas. Se queda lleno de especias insalubres, de algarazas congeladas y de dolores cobardes, que se vuelven amargos con el pasar del tiempo.

Las lágrimas se lanzan saltando despacito el borde de los
párpados, resbalan sobre los pliegues cansados donde apoyan los ojos y en la piel de la curva de la mejilla hasta rozar la boca. Una voltereta más y se arrojan al vacío sin remordimientos ni ponderaciones.
Allí, a medio camino entre el rostro y el suelo, echan a volar. Desparecen. Se evaporan.

Vuelven por donde vinieron, a través de los hilos invisibles de la alegría y la tristeza. Sin maleta ni explicaciones, dejando surcos en la piel, sabor en los labios e im
ágenes en el corazón.